La identidad es múltiple, heterogénea, conflictiva y caótica. El nombre propio no hace más que fingir unidad en aquello que no puede tenerlo, flujo que escapa al anhelo de ser nombrado. Entonces, no hay que recordar que “somos uno”, sino reconocer que nunca lo fuimos. La matriz ya es una sociedad anónima, antes de administrarse la sustancia. De hecho, es el desdoblamiento el que crea retrospectivamente la ilusión de identidad, de presencia a sí, de unidad. La sustancia desustancializa, es decir, termina con el sueño del “yo”. Por lo tanto, ya hemos adquirido y hecho uso de la sustancia, incluso antes de saber de su existencia. Porque esta comunidad polémica que nos constituye implica una multiplicidad de rostros, de máscaras, de personas, que carecen de centro aglutinante y rector. Al maquillarnos, al vestirnos, al asumir ciertos gestos, determinados tonos de voz, cierto vocabulario, no hacemos más que desdoblarnos en roles que no son propios, pero que no por eso nos resultan e...